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Poesía y brevedad: a propósito de Boa de Ángel Ortuño

La fuerza de los géneros breves de la literatura es directamente proporcional a su longitud. Máximas, aforismos, apotegmas, sentencias, epigramas, todos son muestras del pensamiento condensado, de la idea capturada, a modo de instantánea, en una vasija de palabras. El aforismo, en palabras de Steiner, “se acerca a la condición de la poesía” por la impresión profunda que conlleva, por la aspiración de permanencia que su intensidad intenta y por la ardua tarea que conlleva la construcción de significados por parte del lector. El aforismo siempre implica armar un rompecabezas, pero también implica estar consciente de que nunca habremos de armarlo por completo: habrá piezas sueltas que señalan otras maneras de armar o piezas ya ensambladas que parezcan más propias de otros rompecabezas.
Lo verdaderamente atrayente de la brevedad es el ingenio. La puesta en escena de actores tan diversos que aprenden a convivir del mismo modo que una metáfora dentro de un poema. El breve sablazo de autoridad y austeridad propio del aforismo está presente, con mayor o menor frecuencia, en Boa (Mantis, 2009) de Ángel Ortuño (Guadalajara, 1969).
Las sentencias frías y definitivas pueblan los últimos versos del poemario e indican una frecuente alusión interna a otras sentencias. Uno de los puntos bajos de este conjunto de poemas es su heterogeneidad: las múltiples formas métricas, la falta de coherencia general con respecto a un tópico o idea central, varios factores confluyen para indicar que nos encontramos ante un trabajo poco estructurado. Sin embargo, la cohesión se logra, al menos aparentemente, mediante la brevedad.
Invariablemente, tras la lectura de un poema cualquiera siente el lector la sensación de vacío, como si fuéramos conducidos a través de un embudo y no supiéramos cómo ni cuándo acabamos de bruces en el suelo. De ahí provenga, quizás, la consiguiente sensación de desconcierto o confusión que cada texto genera, no tanto con respecto a su significado como a la desalmada disposición de los versos.
Locutorio
No sé dibujar
sino pies egipcios, escribir
en las paredes de una cabina telefónica
en El Cairo, suicidarme
La constante aparición de cesuras, los encabalgamientos que nos obligan a mirar atrás en busca de referentes (en muchos casos inexistentes) dan pie a este sentir. Pero debe aparecer hacia el final del poema la sentencia que otorgue un dejo de narratividad a los poemas, que fuerce al lector a buscar entre sus restos y escuetas pinceladas la respuesta a la famosa pregunta académica: ¿Y esto qué?
y tal vez
conducir ambulancias.
Nunca he sido un gran afecto a la poesía callejera contemporánea, es decir, la poesía que se ciñe a la expresión cotidiana de lo cotidiano. Y permanezco en mi postura, especialmente en el caso de la poesía mexicana contemporánea que parece hundirse cada vez más en el fango de sus autoadulaciones. Sin embargo, en Boa hay una constante sensación de sentirse invadido, como si las palabras leídas en realidad las susurrara un ángel caído a nuestras espaldas, mientras bebemos la taza de café en compañía de un cigarrillo y el constante alarido de los automóviles.
Como en Charles Simic, en Ortuño hay un elemento sutil y poco visible que se apodera de los poemas y toma al lector por el cuello: la obsesión por el detalle, la minúscula observación de las vanidades. La contemplación de las cosas las cambia, las transfigura. Un hombre, bien mirado, podría llegar a ser un despojo; con un lente adecuado, la Conquista de México puede llegar a ser el Diluvio bíblico atrasado; una boa que digiere un elefante puede, sin duda, ser un sombrero.
Esta retórica de la ilusión, de la mirada engañosa (en la misma forma que una boa traza su irregular paso), contribuye al sentido de invasión privada, como si los poemas nos indicaran directamente como los únicos receptores posibles. Añádase la inclusión de frases del siguiente tipo: “Por supuesto”, “Desde luego, me dirás”, “tengo pruebas de ello, por si me lo preguntan” y queda claro que la cotidiana expresión en la poesía de Ortuño se construye en la expresión y no en el significado.
Igualmente desconcertantes son los títulos de los poemas. Si entendemos un título como una guía sumamente condensada (quizás la forma más compacta del aforismo) de lectura, los títulos de estos poemas no cumplen su función. Ahora bien, la repetida incursión en aparentes extravagancias del tipo: "Habilidades premórbidas", "Experimentos de desconexión funcional", "Suma de indecorosa apropiación" como títulos que guardan una dudosa relación con su contenido, esta constante aparición sólo puede indicar un deliberado intento de ampliar las posibilidades de lectura del poema. Aquí, más que en cualquier otro lugar, entra en juego la llamada retórica de la ilusión: el engaño consciente del lector le da un espacio prácticamente ilimitado para deliberar sobre los poemas. Sumamente apreciable es la relevancia que nos otorga como lectores y la puesta en práctica de una verdadera multiplicidad de lecturas. No son sólo los poemas los responsables del significado, los títulos condicionan, permiten o relativizan cualquier lectura definitiva que se quiera dar al poema (en este caso, asumiendo un experimento deliberado en Ortuño, sólo quedaría como fallido el primer poema de la serie "Historia natural y moral de las Indias", el cual es bastante transparente en cuanto a la relación título-contenido del poema).
Ángel Ortuño no posee la falsa intención callejera de ahondar en las profundidades de la vida y la muerte mediante lo cotidiano. Antes bien, condena la cotidianidad a su existencia mundana (en el sentido más literal de esta palabra) y deja que la ironía y la nota mordaz se apoderen del texto. No es la suya una mirada triste, sino desencantada; pesimista, antes que realista; mordaz, antes que burlesca. Y con respecto a la función social de la literatura irónica, “comédica” (la palabra “cómica” implica otras cuestiones), mordaz, no soy yo el mejor expositor. Léase a Molière.

Imagen Vía Mitología Paraná

Réplica a "¿Todas las lenguas del mundo son igual de complejas?"

Varios meses de ausencia y la actividad en la República parece indicar su inminente extinción. Aquí va algo para reavivar las cenizas. Soy, como lo atestigua la lista de páginas que los autores de este blog visitamos con frecuencia, lector de Genciencia.

Me he topado con un artículo del 4 de enero de 2010 que se titula ¿Todas las lenguas del mundo son igual de complejas? , el cual pueden leer presionando el título de esta entrada, donde se expone una opinión sobre un tema tan escabroso que puede dar motivos y argumentos para la alienación de grupos humanos con base en su lengua. Valga decir que mi fin no es humanitario ni social, sino ilustrativo; en palabras del Dr. Alfonso Gallegos Shybia, trato de rebatir a quienes están "razonando fuera del recipiente".

El día de hoy puse un comentario en este post en Genciencia y habré de reproducirlo aquí, con la esperanza de que el troll muso o un bienaventurado anónimo o nominado, den sus réplicas. Aquí mis palabras al respecto del artículo:
Me considero bastante afecto a las noticias y opiniones publicadas aquí. Excelente trabajo. Sin embargo, van dos ocasiones (este artículo es la segunda) en que quedo un poco confundido, dado que mis estudios se relacionan con la lingüística.
En cuanto a la teoría lingüística que elegiste para fundamentar tus comentarios, no opino nada, además de mencionar que no estoy a favor de las ideas de Chomsky ni sus herederos (léase, Steven Pinker). Fuera de esto, y de que el artículo está basado en dos citas textuales y no viceversa, el tema central, si la complejidad de una lengua depende de su contexto político, social, tecnológico, etc., me parece francamente absurdo.
Es cierto que Edward Sapir lo consideró relevante, por su afiliación antropológica como bien mencionabas, pero discutir sobre la complejidad de las lenguas y su relación con una especie de "estructura mental" más o menos desarrollada con base en su contexto, es una hipótesis descartada hace ya bastante tiempo.
Las lenguas codifican su complejidad en niveles distintos: por ejemplo, el español codifica su complejidad en la morfología, al igual que el italiano o el francés; el inglés codifica su complejidad en la sintaxis, igual que el alemán, el esloveno o el latín. Así, la morfología inglesa es muy sencilla (véase la conjugación de los verbos) y la sintaxis española es muy sencilla. Nada tiene que ver esto, hasta donde los estudios han podido descubrir, ni con el hablante ni con su lengua; son juicios de valor sin fundamento científico.
Hay que tener cuidado al hablar de lengua y dialecto. Los dialectos son las formas particulares mediante las cuales una lengua se habla en una región y cultura determinadas. Por ejemplo, tenemos la lengua española y sus varios dialectos: argentino, salvadoreño, cubano, mexicano, filipino, etc. Consúltese cualquier manual de Introducción a la sociolingüística para este respecto.
Muchas veces se argumenta, a favor de una supuesta complejidad lingüística, que la gramática es lo más importante o que la extensión de vocabulario es más importante, etc. Ambas posturas dependen solamente de sus autores, son opiniones, no hechos. Absolutamente todo lo que puede decirse en una lengua, puede decirse en cualquier otra. Las formas en las que se diga dependen, en efecto, de su léxico y de su gramática, pero también de su sistema fonológico, etc. El hecho de que el esquimal posea decenas de palabras para describir la nieve o el caso citado que "los agtas de Filipinas disponen de treinta y un verbos distintos que significan 'pescar', cada uno de los cuales se refiere a una forma particular de pesca", no refleja ni inferioridad ni superioridad de las lenguas citadas, sólo refleja una necesidad pragmática, es decir, es importante para ambos grupos humanos distinguir tantos tipos de cosas. En español, por poner un caso, podríamos decir lo mismo, aunque necesitáramos utilizar una perífrasis para expresarlo: nieve delgada, nieve buena para construir iglúes, nieve mala para lo mismo, etc.
Agradezco el espacio y, como ya me extendí, pongo la dirección de mi blog, en caso de que alguien tenga algo que replicar.
Saludos y felicidades por un excelente espacio de discusión.
Quedo a sus órdenes, lectores y comentaristas varios, para cualquier pedrada.

Vía Genciencia
Imagen National Academies Press

Crónica de un lector despreocupado

Hace un par de días, viajando en el transporte público, decidí adelantar lecturas atrasadas durante los 40 minutos diarios de travesía urbana, que usualmente malgastaba en mirar piernas y sus postrimerías. A plena lectura del buen Algirdas Julien no pude dejar de notar (la baba sobre mi libro lo atestigua) que un vecino navegante estaba acompañando mi lectura. Sin poner en juicio su capacidad (seguramente más alta que la mía), incliné disimuladamente el libro en dirección suya, invitándolo de manera sutil a la lectura y con la esperanza de que en algún momento me dijera lo que yo ya sospechaba sobre Algirdas: "Este güey es un pendejo".
No lo dijo. Pero en su atento mutismo dejó entrever un vivo interés en las ecuaciones y cuadrados de aquel libro que he terminado por admirar. Me quedé tramando un performance, que quizás nunca lleve a cabo: escribir unas breves líneas y pegarlas en un libro: "¿Qué me estás viendo?"; más de alguno habría de sorprenderse y/o golpearme, en fin.
¿Qué sucedió con aquel hombre cuando me bajé del camión? No sé, espero que haya encontrado otro vecino con quien seguir leyendo. Me tuvo bastante intrigado, para ser franco. Cada vez que cambiaba de página (yo), su cabeza repetía el ondular de las hojas; creo que eso debería ser la poesía en movimiento.
Discutiendo sobre la recién descubierta mortalidad del cangrejo, recordé tantos textos, estadísticas, informes e improperios varios que abundan en la red sobre el "analfabetismo funcional" en México, la falta de lectura y, no es tan sorprendente, el hecho de que, en palabras de Guillermo Sheridan, "en México la clase ilustrada es aún más bruta que la clase iletrada" (acá está el artículo completo).
Esto, fuera de los alarmados brutos de clase ilustrada, no parece afectar a nadie. Al fin y al cabo, ¿de qué sirve recordar el nombre del caballo o la espada del Cid Campeador o el origen del nombre (completamente mexicano) Masiosare o que Sócrates era un vagabundo y pasó a la historia por eso o los nombres de todas las mujeres de Enrique VIII? No de mucho, al parecer.
Otra anécdota: fui a comer a un restaurante la semana pasada. Lo primero que no pudimos dejar de notar al entrar fue una hoja con la leyenda: "Por favor pase a la caja a ordenar antes de sentarse". Tras seguir estas sencillas instrucciones, nos depositamos sobre las sillas a esperar la comida. Minutos más tarde, una elegantísima señora con sus tres sorgatones mantenidos (clase ilustrada típica del Rancho Grande de Guadalajara) empieza a quejarse del pésimo servicio; obviamente los meseros jamás llegaron a su mesa. Decide hacer el esfuerzo sobrehumano de levantarse de la mesa y cometer el deshonroso acto de pedir su comida junto a la chusma en la fila frente a la caja. Indignada, regresa a la mesa y empieza a aleccionar a los futuros presidentes de México (o, por lo menos, de Rancho Grande) así: "Cómo es posible que ni siquiera haya un letrero para avisar".
¿De qué sirve leer? De nada. Quizás leer le hubiera ahorrado un disgusto a Doña Náiz en el restaurante, lo cual hubiera ahorrado un disgusto al propietario y hubiera impedido estas líneas. Quizás leer a Monterroso o a Óscar de la Borbolla o a Quevedo pueda impedir el aburrimiento cotidiano y rescatar esa carcajada que muchos guardamos como si fuera oro. Quizás leer a García Márquez o a Fuentes o a Vargas Llosa nos recuerde por qué existen en el mundo libros buenos que no están firmados por ellos. Quizás leer a Machado o a García Lorca nos haga ver por qué se musicalizan sus poemas. Quizás leer...nos haga leer más, no por el simple acto mecánico de tener de qué hablar con tus amiguitos (o tal vez sí), sino por un puro afán de conocer, reír, masturbarse (también se puede hacer por medio de los libros), o por ninguna de las anteriores.
Yo no sé porqué leer. No pretendo convencer a nadie, pero algo deben de tener esos bultos de papel como para que se hayan prohibido en distintos momentos, en distintos lugares. Morbo, aventura, curiosidad en un viaje de microbús, ocio, no importa. Lo que sí sé, es que, en gran medida, los que leemos somos culpables del monopolio de lo bueno, lo malo, lo feo, lo bonito, lo artístico, lo no tanto, lo estúpido, lo inteligente, lo aceptable, lo ético, lo moral, blablablá.
Si a alguien le llegaran a interesar estadísticas sobre la lectura en México (reporte ya viejo), Gabriel Zaid tiene un cúmulo de datos por acá.

Imágenes Vía Zonalibre y La piedra de Sísifo

"Investigan, pero no producen"

Este es el título de la primera plana del MURAL del día 8 de septiembre. Algunos, quizás persuadidos por el encabezado siempre "alarmante" de este diario mexicano, se preguntarán, en un primer momento, si el artículo tratará sobre alguna de las fallidas argucias gubernamentales en la lucha contra el narcotráfico o sobre los negocios turbios de algún "empresario" mexicano a quien no se ha podido capturar o tal vez sobre alguna nueva enfermedad que afecta a los mandamases cacáreos de Los Pinos.
Lamentablemente, la noticia refiere "el horror que a determinadas instituciones (tanto públicas como particulares) les inspira la sola existencia de la investigación universitaria en materia de artes, humanidades y ciencias de la sociedad".
Adscrito a la autocrítica y al hartazgo sugeridos por Luis Vicente de Aguinaga, les paso un texto que recibí hace unos días de su parte. Espero que esto nos motive a escribir un poco más al respecto.

INVESTIGAN, PERO NOS CAEN MAL
Un fantasma recorre las primeras planas: el fantasma del intelectual ocioso. La nota de Dubraska Romero y Gabriel Orihuela titulada “Investigan, pero no producen” (Mural, 8-IX-2008) así lo demuestra.

Variante o subespecie profesoral del parásito universitario a secas, el intelectual ocioso cobra sueldos y sobresueldos estatales y federales, viaja sin utilidad aparente a congresos remotos y, amparado en el cuento de las “humanidades” y la “ciencia social”, publica libros y artículos redactados en jerga ininteligible. Nadie mejor que yo para decirlo: aunque tengo mi diploma extranjero de doctor, la Secretaría de Educación Pública (SEP) me reconoce como profesor con “perfil deseable” y soy miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), ninguno de mis proyectos ha servido para incrementar la resistencia de las vigas de acero, desarrollar la vacuna contra el cáncer o lograr que las vacas produzcan más litros de leche por segundo.

Como profesor investigador titular de la Universidad de Guadalajara (U. de G.), y más específicamente del Centro Universitario de Arte, Arquitectura y Diseño (CUAAD), admito que a los universitarios de mi pelaje nos vendría muy bien un poco de autocrítica. Desde mi cubículo de veinticinco metros cuadrados, equipado con televisión vía satélite y jacuzzi, reconozco que me dedico a investigar asuntos literarios eminentemente improductivos y a enseñar no sólo Historia General de las Culturas, materia ya cuestionable de por sí, sino también Literatura Española del Siglo XX.

Harto de mi propio cinismo, renuncio a la vida contemplativa y propongo de inmediato que se apliquen tres medidas encaminadas a erradicar, ya que no de la faz de la tierra, sí por lo menos de los presupuestos públicos a los intelectuales haraganes (valga el pleonasmo). Ruego, eso sí, que la iniciativa me sea tomada en cuenta en futuras evaluaciones profesionales.

1) Que si, como afirma el señor Sergio García de Alba, los “diagnósticos” emitidos por sociólogos, juristas, filósofos, historiadores y meros críticos literarios pierden valor en la medida que “realizarlos” es “muy cómodo”, en lo sucesivo toda investigación humanística se adapte a un estricto tabulador de incomodidad que deje constancia del nulo, escaso, encomiable o fabuloso heroísmo del profesor en su eterna lucha contra la dureza de la silla, y que se premie según el caso.

2) Que, por decreto del Poder Ejecutivo, las instalaciones del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades (CUCSH) de la U. de G. ya no se consideren parte del Estado, de modo que los numerosos miembros del SNI adscritos a dicho campus dejen de figurar en las estadísticas regionales, haciendo subir con ello el porcentaje de biólogos, economistas, ingenieros y tecnólogos en el próximo informe de Gobierno.

3) Por último, que los investigadores del CUAAD, los del CUCSH y demás holgazanes entendamos que, para investigadores, ahí están los privados y los antiguos policías judiciales, a cuya denuncia nos expondremos invariablemente mientras persistamos en confirmar la imagen de sediciosos, inútiles y vagos que se tiene de nosotros.
Con toda humildad,
Luis Vicente de Aguinaga.

Ricardo Sigala

Yo siempre he creído (y él nunca lo ha desmentido) que Ricardo Sigala tiene una imagen de director de orquesta o, por lo menos, de músico pero no de escritor.
La primera vez que vi a Sigala no creí que fuera él. No tenía cara de Sigala ni porte de Sigala y su mirada de taumaturgo en suspenso reflejaba ese punto medio entre la carcajada contenida y la sorna declarada. Inevitablemente recordaba el "Encuentro con Enrique Lihn" y repetía de nuevo: "Sigala ya no se parece a Sigala sino a un actor de Hollywood, pero al mismo tiempo era Sigala, aunque ya no se pareciera a él". Resulta que estaba equivocado.
La voz narrativa de Ricardo Sigala es una más de esas voces olvidadas por los tapatíos, e incluso por él mismo. Máximas artificiosas, proverbios insoslayables y sentencias de crudeza tal que amoratan al lector endeble, inundan sus Paraíplos, los cuales he tenido oportunidad de releer recientemente.
En el mundo de oficina de este simpático personaje en la fotografía surge una pregunta sincera, lógica y extraña: ¿Dónde ha quedado el paraíso? Viajeros, habitantes y moradores imposibles conviven en este libro donde la mitología griega y la cristiana se reúnen para gestar el jardín del Edén.
Al entender la "antitrama" de la novela poética de Sigala, es oportuno el recuerdo de aquel "Cuento futuro" de Leopoldo Alas "Clarín" donde se narra la historia del fin del mundo y cómo los únicos dos sobrevivientes (incluido el asesino de la humanidad) encuentran el dichoso jardín prohibido y...bueno, la historia vuelve a repetirse. Pero, a pesar de esa engañosa indumentaria de escritor y de su cercano parentesco con el misterioso animal descrito por Arreola, Sigala no narra el fin, ni el inicio, ni las partes intermedias; no narra nada. Por eso "más de alguno en el camino ha preguntado por la región llamada Ningún Sitio".
Las páginas de los Paraíplos despiden un hálito cercano a la melancolía o la añoranza, pero Sigala no cuenta nada. No es él quien está a cargo de la narración. Hombres, ángeles, leviatanes, behemoth, anfisbenas, grifos, chalkis, gimnosofistas, criaturas varias componen y convergen en un mundo que sólo puede llamarse Paraíplos. Pero estos periplos no están destinados, ni dirigidos, ni llevados a cabo por ninguna de estas criaturas; es el peris el que prevalece a lo largo del libro, paraipleros somos todos los lectores, habitantes de esa doble cotidianidad que componen el mundo cotidiano y la literatura: "El hombre inmortal que por alguna razón ha alcanzado el emblema de edenita, piensa siempre en otro mejor lugar, quizá en otro imposible paraíso, si es queaún conserva algo de hombre".
Asesor de Clandestino. El opúsculo (Revista literaria del TEC de Mty), miembro del consejo editorial de la revista Reverso, autor de los libros Periplos. Notas para un cuaderno de viajes (Ed. Plenilunio, 1995) y Paraíplos (Arlequín, 2001). Juez de varios concursos literarios, tallerista, editor de la Gaceta del CuSur de la Universidad de Guadalajara y director del departamento de Letras del mismo centro, Ricardo Sigala es uno de esos tantos anti-iconos que deambulan las callejas tapatías con la misma avidez que un caracol salado. Pero es uno de esos caracoles dignos de la pluma de Günter Grass.




Dawkins en un show

En un programa gabacho realizaron esta amena entrevista con Richard Dawkins de quien ya hemos hablado en varias ocasiones. En esta ocasión habla de la selección natural, del azar y, por supuesto, de su posición como ateo teniendo frente a él a alguien que sí cree en dios.

La música o el arte menos apreciado

Pretender que Bach, Beethoven, Mozart, Rachmaninoff u Orff son actuales en la escena musical es una ilusión. También lo es el antiguo ritual (que pocos sectarios aún llevamos a cabo) de dedicarse a "escuchar" música sin hacer nada más que esto; así como cuando elaboramos el reporte de ventas del mes, en una empresa en la que no queremos trabajar, no vemos el televisor o "chateamos". La más lamentable de todas las pretensiones, en cuanto a música se refiere, es creer que a los "artistas" (vocablo que María Moliner debería considerar) les interese la música por la música, es decir, el lado artístico de la música.
Toda moneda tiene dos caras y en las divisas del Arte no hay excepción. Hay obras en todo género artístico que cumplen (o quiebran) el canon aceptado en ese momento histórico e incluso entretienen. La literatura es un ejemplo sencillo de exponer pero la pregunta motora de esta reflexión es: ¿cómo es que la música actual mantiene un estatus "artístico"? Aún leemos que forma parte de las Bellas Artes, con justa razón quizás, aunque los autores mencionados al inicio tienen bastante que ver con esta denominación y no así los "artistas" de hoy.
Cada vez que escucho a Philip Glass, mi hermano (quien se bautizó a sí mismo como Choikovsky, después de escuchar el nombre del compositor de "El Cascanueces") pregunta, sincero: "¿Cuándo van a cantar?", escucho a The Who o a Pink Floyd o a The Cinematic Orchestra y pregunta lo mismo. Bien sabemos que la voz, desde los cantos gregorianos hasta la ópera, se considera un instrumento que se añade a un conjunto orquestal o armónico general. Puede ser la "base" de la canción de la misma manera que los violines o las flautas, pero no lo es siempre.
Buscamos letras "inspiradoras" (defina esto como le plazca) en las canciones que escuchamos, un sonsonete pegajoso, un ritmo bailable, etc. ¿Es esto música? Hice un pequeño experimento fallido hace unos momentos: me costó mucho trabajo bailar la "Marcha Fúnebre" de Chopin o la "Metamorphosis II" de Philip Glass, sin sentir que cada paso que daba me conducía directamente al inframundo. ¿Son la voz humilladora del reggaetonero, la cadencia de las caderas (y sus colindancias) de una exótica bailarina o la potencia vocal de una soprano razones "necesarias y suficientes" para denominarlas "música" o, más aún, Arte, por sí solas?
Sonaré ortodoxo comparando a los dinosaurios "clásicos" con la música actual (disculpen la generalización), cómoda y ambiguamente denominada "posmoderna". Tal vez, pero, ¿de dónde salen Philip Glass o Günter Grass en el siglo XX? Del mismo lugar de donde salen Stockhausen y Jorge Enrique Adoum. Hagamos voluntariamente de lado las cuestiones que revelen nuestro bien fundado miedo a las influencias de tales o cuales autores en otros.
También me ha sucedido, en innumerables ocasiones, ganarme el desprecio de los asistentes y trabajadores del Teatro Degollado en Guadalajara (joya de arquitectura e ingeniería) por presentarme a escuchar a los Niños Cantores de Viena o a Adam Golka acompañado de la Filarmónica de Jalisco con un pantalón de mezclilla y una playera que bien podría decir: "Fuck the system" (aunque no lo diga). El único que va a parar las asentaderas a un teatro es el pianista o el director de orquesta y si los hay, no la Sra. Popof o el Sr. Mendezperezgomezjuarez Delacroix (porque todo se pronuncia junto y en una fracción de segundo). El mortal Nástenka visita aquel sacrosanto lugar de los dioses de la mediocridad y la hipocresía con la esperanza de escuchar música en el mejor lugar de Guadalajara para tales fines, y recibe una confusa mixtura entre el hermoso sonido del nuevo piano de la Filarmónica del Estado y la urraca vecina que critica el uso de unos zapatos de tal color con tal vestido (y eso que no vio que yo iba de chanclas).
El gusto artístico permanece como uno de los rincones ignotos de lo conversable, en realidad, el gusto es más como un arma de bolsillo que utilizamos en cada conversación sobre el Arte hasta "asesinar" las opiniones ajenas. El gusto en música es de los más difíciles de diagnosticar como "adecuados" por la sencilla razón de su popularidad. Si quiero dar mi opinión (gusto) sobre el Quijote, primero necesito leerlo, razón casi obvia (pues la mayoría que lo comenta en la calle no lo ha ni hojeado). En música sucede lo mismo, pero es más "sencillo" escuchar a tal compositor que leer al tal Cervantes. La verdad es que no es más sencillo, en realidad, es mucho más difícil para la mayoría de nosotros comprender cabalmente la diferencia entre la armonía y la melodía, una composición tonal y una modal o, en general, las herramientas y técnicas propias de la música como Arte. Y volvemos al inicio, ¿de verdad escuchamos la música que oímos?
No pretendo rebatir gustos, me encanta argüir pero reconozco mi inferioridad numérica y mi vulnerabilidad al publicar en el ciberespacio, así que mejor aplico la sabia rendición anunciada. Luchar contra el gusto es como tratar de convencer a un sordo de que un mudo lo está insultando mientras ríe a carcajada suelta. Sólo intento hacer que el lector que haya tenido la gallardía de llegar acá abajo reconozca su propio conocimiento musical y, sobre todo, el lado desconocido en la música que escucha. ¿Dónde está lo artístico en Britney Spears (musicalmente, lujuriosos) o en Daddy Yankee? Podría aventurar su inexistencia pero, de nuevo, quizás el sonido informe de unos glúteos que se contonean o el ruido de la artillería machista sean el nuevo canon musical. Prefiero no averiguarlo.

Imágenes
Adam Golka en el Teatro Degollado Vía Magazinemx
Philip Glass Vía Institute for Advanced Study
Arte Pop Vía Wil Murray

UdeG: viene golpe de Estado

Esta entrada me la envió Cristina al correo electrónico. Mis comentarios los haré en su lugar correspondiente. La entrada de este blog tiene el mismo título que el artículo de Ricardo Alemán el 31 de julio de 2008 en su columna Itinerario político. Me uno al comentario de Cristina: opinemos:


"Más allá de irregularidades, ocurre una lucha por el control político
Es más fácil echar al rector que no se pliega al ‘capo’

Lo que empezó como una denuncia sobre tráfico de trasplantes en hospitales públicos de Guadalajara, no sólo se convirtió en escándalo mediático de la capital de Jalisco, sino que desató una guerra política que amenaza con desembocar en un golpe de Estado a la rectoría de la Universidad de Guadalajara (UdeG).

El viernes 25 de julio revelamos aquí los intríngulis de una peculiar disputa entre la mafia del virtual dueño de la UdeG, Raúl Padilla, y el nuevo rector Carlos Briseño, quien descubrió serias irregularidades presupuestales de la institución educativa, y en el extremo, tráfico de órganos en el programa de trasplantes de los hospitales públicos de Guadalajara, bajo control de la UdeG.

Frente a ello, el rector Briseño hizo público que la UdeG sería auditada —para ello incluso modificaron la Constitución local—, para transparentar no sólo el presupuesto público de la casa de estudios, sino las empresas vinculadas a la universidad. En respuesta, el llamado Grupo Universidad cerró filas en torno a Raúl Padilla, virtual dueño de la UdeG y jefe de la mafia que controla no sólo la universidad, sino que sus tentáculos atraparon al PRD estatal, se metió al PRI y al PAN locales y llega, por ejemplo, hasta la presidencia de la Comisión de Educación de la Cámara de Diputados federal.

Ante el anuncio de que todas las dependencias de la UdeG serían auditadas y sometidas a transparencia, el poderoso grupo político y económico de Padilla dijo no a la auditoría, y en cambio ordenó un golpe de Estado contra el rector Briseño, quien era parte de ese grupo y fue promovido por Padilla, pero que se negó a ser marioneta del virtual dueño de la UdeG. En el fondo, más allá de irregularidades, pillerías, del tráfico de órganos, lo que ocurre en la UdeG no es más que una lucha por el control político de ese poderoso centro de influencia y, por supuesto, la disputa es por millones de pesos de presupuesto y negocios universitarios. ¿Es posible un golpe de Estado al rector?

Sí, según la Ley Orgánica de la UdeG, el rector puede ser despedido por “causa grave”. ¿Cuándo se incurre en causa grave? No dice. Por tanto, el Consejo Universitario debe definir cuál es la causa grave. Pero resulta que el Consejo Universitario está controlado en su mayoría por Padilla. Según versiones universitarias, en cualquier momento puede ser convocado dicho Consejo para despedir al rector. ¿Por qué? Grupo Universidad argumentará que Briseño ha incurrido en el delito de “confrontar a la comunidad universitaria” ¿Por qué? Por proponer auditorías y transparencia en la UdeG.

¿Pero qué clase de poder tiene Raúl Padilla en la UdeG? Por increíble que parezca, Raúl Padilla es presidente de las siguientes instituciones, fundaciones, patronatos y empresas. Feria Internacional del Libro de Guadalajara, Fundación Universidad de Guadalajara AC, Consejo Consultivo del Centro de Estudios Estratégicos para el Desarrollo, Patronato del Festival Internacional de Cine en Guadalajara, Consejo Consultivo de Cultura de la UdeG, Fideicomiso del Centro Cultural Universitario, Festival Infantil Papirolas AC, Patronato del Teatro Diana, Patronato de la Dirección de Producción Audiovisual.

Además de presidente del Corporativo de Empresas Universitarias, y de los consejos de administración de: Casa Productora de Cine, Estudios para Extranjeros, Club Deportivo Universidad de Guadalajara AC, Editorial Universitaria, Empresa Servicios Universitarios. Feria Internacional del Libro de Guadalajara, Hotel Villa Montecarlo, Hotel Villa Primavera, Inmobiliaria Universitaria, Insignia, Operadora Auditorio Metropolitano, Operadora de Estacionamiento, Operadora Parque Industrial Los Belenes, Sistema Corporativo Proulex-Comlex, Viajes Universidad de Guadalajara, SA, Publicidad y Diseño.

En suma, Padilla es presidente de 26 instituciones entre consejos, fideicomisos, patronatos, empresas, hoteles, agencias de viajes y la Feria Internacional del Libro. Y si faltaba algo, es coordinador general de la Cátedra Julio Cortázar y, claro, profesor investigador titular “C”. El dueño de la UdeG, que maneja el 40% del gasto programable y todas las empresas. Por eso el miedo a ser auditado. Es más fácil echar al rector que no se pliega al capo".

Crímenes ejemplares (Playstation y otros demonios)

Estaba a punto de ganarle a ese hijo de la chingada, pero tenía que cruzarse aquel mocoso que se la pasaba diciéndome papá. No tuve otra opción que aplicarle un Fatality.

Suena a uno de los crímenes ejemplares de Max Aub, a quien Publio reseñara en otro lugar. Y bien podría serlo, si hubiera vivido lo suficiente para conocer los videojuegos. La cuestión es que el lector de los Crímenes (Decoloren los considera un subgénero literario) establece un pacto con el autor donde declara la verosimilitud de los asesinatos, a sabiendas de que no son reales o que, por lo menos, el narrador de tal crimen no tiene un referente empírico a nivel extratextual (términos burdos: no existe tal asesino en la vida real).
Ahora bien, la cuestión cambia un poco si les digo que aquel crimen que narré al inicio sucedió realmente. Y bueno, no es sólo un decir.
Luigi D.G., el joven dominicano acusado de matar a su hijastro porque no le dejó acabar una partida en la consola, reconoció ayer [8 de julio] los hechos y manifestó que "si no hubiera tenido la Play (en referencia a la videoconsola) no habría pasado nada" (Tribuna latina)
No pretendo justificar las acciones del tal Luigi, pero creo que todos los jugadores de videojuegos estarán de acuerdo en que esto sobrepasa el término "accidente". Desde hace ya mucho tiempo que los videojuegos no sólo forman parte de nuestra sociedad, sino que también forman parte de un encarnizado debate sobre la posible afectación que pueden llegar tener en los niños. Si bien la violencia aumenta y algunos estudios (y otros incidentes similares) han pretendido ratificar la agresión que crece de manera exponencial en los usuarios, también se ha hablado sobre los beneficios que representa el juego para un niño, i.e., agilidad en razonamientos de tipo matemático y mayor abilidad para la resolución de problemas.
Bien, aquí no nos interesan tanto estas cuestiones sobre la maldad inherente a los videojuegos o los beneficios de los mismos. La moral no me preocupa demasiado. Sin embargo, lo que me preocupa son los grupos de ultraderecha (en Guadalajara casi no abundan) que existen por ahí. Buscando un poco encontré una especie de asociación de Madres en contra de la adicción y la violencia en los videojuegos (MAVAV, por sus siglas en inglés). Si tienen uno de esos ratos de ocio en que dicen: "Mmm, qué nueva estupidez puede rondar la Internet", visiten la página de esta asociación. O se ríen, o se molestan o ambas.

Imágenes Vía CINEyBSO

Un día no como hoy

Recuerdo una clase de esas que parecen que culminarían un día académicamente perfecto; todo iba bien, era por estas fechas en pleno temporal de lluvias. El día no podía ser mejor, hasta que se asomó dios... no Dios Dios, no, sólo su nombre perfectamente indefinido y con eso fue suficiente.
La clase anterior seguimos revisando las definiciones sobre La Literatura. Primero fue la que me había dejado satisfecho de momento, una de Akutagawa Ryunosuke de la cuál no puedo acordarme; nos costaba un poco de trabajo analizar lo que regularmente damos por obvio en las palabras que ya conocemos: su significado y su sentido contextual.

Me resultó muy útil para posteriores lecturas reflexionar sobre aquello que "creemos entender" pues dábamos por hecho que sabíamos lo que era Arte y Vida. Luego vino una definición por parte de una compañera: "Defino yo a la literatura como el conjunto de pensamientos, acciones, etc. Construidos por un hombre o grupo humano a lo largo de su vida, y los cuales pueden ser considerados como conjunto informativo respecto a nosotros en general y vistos desde los ojos de un ser omnisapiente".

Hasta ahi, todo iba bien dentro de lo que puede esperarse al hablar sobre literatura sin profundizar tanto aunque todos hiceramos cara de "Ah, a huevo, qué interesante" "Sí, sí, claro ¿quién no sabía eso?". De las definiciones que aportaron otros compañeros se tomaron palabras clave que –personalmente- encontré como análogas de muchas otras enunciaciones donde el principal constituyente adivinen quién era: el lenguaje. Hubo quienes rebatieron la definición sobre literatura que cité anteriormente, hubo otros que la cuestionaron sólo para esclarecer la intención de la autora. Seguimos, todo bien; entonces llegamos a las últimas palabras de la cita: "un ser omnisapiente". Y valió madre.

Dios, el lector, Maradona, el arquitecto del universo, Alá…

El aula se llenó de ateos cristianos, bolcheviques con escapularios y católicos sin catolicismo. Hablar de dios en plan amateur es abordar un tema tan espinoso como el fútbol y la política mientras esperas el camión, pero en este mercado (el salón se nos desdibujó) no hubo intercambio de camisetas ni apretones de mano ante la cámara al final de la discusión. Cito al uruguayo de Gracias por el fuego: “Yo no sé si Dios existe, pero si existe, sé que no le va a molestar mi duda”, y puedo agregar: ni creo que le importe.
La Literatura la dejamos para otra ocasión, para un día soleado.

Creo que no soporto a los intolerantes.

¿No saber = más ansiedad?

Antes que nada, disculpen mi inconstancia pero, de nuevo, aquí publico un tema que he querido tratar desde hace por lo menos un mes. Leyendo las ciberpáginas del diario EL PAÍS encontré un artículo "interesante" (me encanta la ambigüedad de este término) que quiero apuntar.
Se ha hablado tanto acerca del saber, desde los iniciadores de la filosofía hasta nuestros vagabundos contemporáneos, que es difícil precisar en gran medida su significado actual (Cfr. el libro Creer, saber, conocer de Luis Villoro), cosa que no intentaré hacer ahora y que creo está bien resumida en la frase "Yo sólo sé que no sé nada" del gran Calígula (creo). La imagen que acompaña a este texto es una ilustración de mi opinión sobre el asunto pero, como siempre amabilísimo lector, tú posees el poder de desopinarme.
Sin embargo, ¿qué tiene esto que ver con la ansiedad, tema que realmente nos ocupa? Y segundo, en caso de que tuviera algo que ver y que la sabiduría generara ansiedad, ¿qué es lo que ansiamos o lo que nos pone "ansiosos"?
El artículo citado trata sobre la "problemática" y el por qué de la actividad religiosa, además de la búsqueda de la dichosa "zona de Dios", presumiblemente ubicada en el cerebro (cerca de la zona Coca-Cola, creo), y en la cual los científicos depositan sus esperanzas de esclarecer si Dios nos hizo o el hombre lo hizo. Este rastreo, sería comparable a otro tipo de investigaciones en otras áreas científicas, como la física o las matemáticas, donde se han intentado encontrar la partícula de Dios y la fórmula de Dios (pseudocientífica), respectivamente.
Las cuestiones "interesantes" surgen en pleno desarrollo del texto cuando se ponderan distintos puntos de vista, particular y lamentablemente los de los psicólogos, disfrazados de antropólogos y sociólogos.
Según comentan, la religión (independientemente de su depositario legal, i.e. Dios) tiene distintos roles en la actividad humana. Uno de los más importantes (con el que concuerdo parcialmente) es el de anestésico o calmante en cuanto a los "problemas fundamentales" de la vida: la muerte, la postmuerte y la previda. A este respecto:
También coinciden Carbonell y Gómez Pellón al señalar el papel "calmante" de la religión. "La religión ayuda a controlar la ansiedad de no saber", dice el antropólogo. "Cuanto más se sabe, más se sabe que no se sabe. Y eso genera ansiedad". (Enlace EL PAÍS)
Si acomodamos esto en forma de ecuación tenemos (disculpen las matemáticas pero tengo que parecer inteligente): ∑saber < |no saber| ⇒ ANSIEDAD. En otras palabras, esto es "La suma de los saberes es menor al valor absoluto de no tener idea de lo que sabes, por lo tanto esto genera ANSIEDAD. Independientemente de su validez lógica, el enunciado tiene algo muy interesante: falta de sentido. Aquella famosa frase que citamos al inicio no se refiere de ninguna manera a la conclusión del antropólogo.
Recuerdo algunos comentarios sobre el Carpe diem horaciano, las Odas de Ricardo Reis o cualquier libro de Émile Michel Cioran, y la mayoría coincidían en que éstos son poetas (incluyamos a Cioran) "tristes". El hecho de que estos poetas recuerden la finitud o el sin sentido (aparente) de la vida, no es una cuestión triste. Que yo sepa, nadie se ha atrevido a decirle que no a la muerte, hasta el más pobre tiene, de alguna forma, el óbolo para el barquero sombrío. Sí, la reflexión sobre estos temas "trascendentales" pueden llevarnos a la mayoría a ser "pesimistas" y al refugio que otorgan las religiones, diseñadas específicamente para cubrir tal necesidad, pero esto no representa menos o más ansiedad con respecto a saber o no saber nuestro futuro. Hay una racionalización (por más disparatado que pueda sonar) o una equivalencia de la muerte y la vida futura como un "buen porvenir" y de la incertidumbre y la inmanencia con un "sinvenir", algo negativo y que puede ser angustiante. El factor angustiante no está en ningún cerebro, está en la cultura, eso en lo que todos estamos inmersos y de lo que nos es imposible huir.
Estoy empezando a tener una tendencia al resumen. Si ponemos este artículo en fórmula, refiriéndonos a lo que el lector debería, pero jamás está obligado a conceder, tenemos: ∀ x: P(x) donde P es "La pseudociencia" y x=pendejo; significa: P(x) es verdadera para cualquier x o La pseudociencia es verdadera para cualquier x. Espero sus reclamos, dichosos lectores.

Aquí les dejo dos vínculos que hablan más sobre el asunto en términos un poquitín más científicos:
Brain region for overcoming fear, anxiety found
Conquering your fearsm one synapse at a time

Imagen Vía Iftheshoefitz

Calcas para la Biblia


Creacionistas o evolucionistas, la cosa es que en algunas escuelas gringas se están dando con todo para demostrar que uno u otro "hecho" es sólo una teoría.

Vía| Menéame
Un planeta con canas

El empleo es sueño. Crónica de un fracaso anunciado 2


Comentaba Publio algunas imágenes sobre el viaje a Puebla. Una de ellas en particular me parece interesante para retomar esa crónica que quedó inconclusa hace tiempo.
Alguien me comentó alguna vez que en la Ciudad de México hay personas que se sientan con un letrero sobre las piernas (letreros improvisados en la mayoría de los casos) el cual anuncia su profesión: PLOMERO, CARPINTERO, TALABARTERO, etc. En fin, paseábamos por las callejas poblanas cuando apareció el joven que está en la imagen con un letrero, sin lugar a dudas, singular.
Nos acercamos para platicar con él un poco: se mostró confiado y esperanzado de conseguir empleo. Mientras lo fotografiábamos (con autorización suya, claro) escuchábamos los comentarios, la burla, el desdén y hasta la compasión de algún poblano. "Pobre chavo...", dijo una joven. Pero, ¿qué quiso decir? ¿Se refería, quizás, al desaliño propio de este trotamundos, o a la escuálida figura, remedo de algún viejo hidalgo reconocible, o a la gran cantidad de cigarrillos que consumían su espera? Yo opto por otra explicación: quizá esta mujer se refería a la profesión que anunciaba nuestro amigo: ESCRITOR.
Los transeúntes, atrapados en este irrisorio espectáculo, trataban de disimular su curiosidad o, los más "bondadosos", depositaban su monedita sobrante, ésa que a todos nos molesta llevar en el bolsillo por pequeña e inútil, la de diez centavos o veinte centavos. Miserable en todas sus formas, el presunto ESCRITOR jamás bajó la cabeza como si esperara no una mano amiga, sino el Maná bíblico.
Lo primero que nos llamó la atención del "pobre chavo" no fue su extraordinario letrero (cualquiera de nosotros pudo haberlo hecho también), sino su tremendo parecido con un viejo amigo de Letras de la UdeG. El punto en común era esa mirada perdida en algún punto imposible, lo que comúnmente denominamos "tripear" (de la raíz greco-imaginaria tripping). Este "tripeado" es un típico estudiante de Letras, inventando sus dichosos performance, instalaciones y live acts varios que en poco o en nada aprovecha la hermosa gente tapatía. Esto, sin embargo, no pretende ser una apología de las manifestaciones postmodernas, en cuyo caso no sería yo el más apropiado crítico.
Hay otro punto en común. Este joven está desempleado. Desempleado significa, en este texto: persona que no ejerce la profesión en la que se ha preparado. Un letroso (letrado es una palabra que no se ajusta a todos los estudiantes y egresados de la carrera) trabaja como cocinero, como fotógrafo, como mensajero o recepcionista, pero pocas veces como editor o redactor, como crítico del arte literario (usted, amable lector, sírvase nombrar como arte literario lo que guste), o como emprendedor de las letras.
Esta situación es un síntoma de lo que sucede en México con los estudiantes de ciencias sociales y humanas: el auge cada vez más marcado de una sociedad plastificada e intolerante, repercute directamente en aquéllos que intentan desarrollarse en áreas cuyo olvido o negligencia intencionada no representan su ausencia o su falta de repercusión en el mundo económico-político. Las universidades deberían crear profesionistas capaces de surgir del lodazal en que ellas mismas nos han metido: ese chiquero de politiquerías y de oportunismo que es la píldora nuestra que todos los días nos "doran".
El hombre "postmoderno" sepulta en sí mismo al hombre de todas las épocas. El tecnocentrismo, los oligarcas desmedidamente obscenos y los indiferentes de todas las latitudes, nos pesan como un fardo que finge ser necesario para estar a la vanguardia; el problema es que sí estamos a la vanguardia, si no, ¿por qué somos nosotros los primeros en caer ante las saetas de la opinión pública?. Ojo: si alguien no es conservador, ni comunista, ni ambientalista (o todos los ismos que quieras imputarme, amable lector) por estos lares, soy yo. Ése yo que persiste desde los primeros críticos del hombre y su mundo y que algunos tenemos la osadía (y la satisfacción) de adjudicarnos.

Extranormal

Carta Abierta:

La propensión que tengo a ver programas televisivos es limitada; los momentos libres luego de las actividades diarias es corto, la convivencia es reducida y asombrosamente me doy cuenta que en su programa: Extranormal otorgan un espacio al fomento de la ingenuidad y oscurantismo, con situaciones que reflejan serias inexactitudes y distorsiones.
Se distingue una falta de ética de investigación e información; si se obtiene rating por dichos contenidos, no significa que sea motivo para el estímulo de la ignorancia. Hago una petición formulada en dos partes:

• Un aviso explícito del contenido del programa señalando que los fines del mismo son meramente de entretenimiento y no deben ser tomados como una opción de interpretación de la realidad.
• Difusión de programación con contenido académico y de divulgación científica seria, en el que las personas obtengan la valiosa herramienta del discernimiento y pensamiento crítico, que de utilidad para el reconocimiento y valoración de las diversas opciones televisivas.

Deben recordar que sobre sus espaldas recae un compromiso social. También deben saber que la influencia de la televisión en niños y adolescentes es de impacto y por lo tanto la orientación debe ser al conocimiento. Si bien la fantasía tiene su utilidad cuando es creativa, ese tipo de contenidos son perjudiciales por utilizar superstición, pseudociencia e ignorancia.

No trato de arrojar por completo la responsabilidad, mas sí hacerla compartida hacia los padres quienes constituyen un papel importante en la orientación de sus hijos. Cada quien con su labor puede cooperar para la educación y la formación sana de la niñez y la juventud mexicana.

El anterior texto es parte de la carta enviada TV Azteca Jalisco y baste como muestra del planteo, el siguiente video:



Ahí el ejemplo que motivo el envío de la carta.

Paradójico es que la mayoría de los que se muestran como testigos o víctimas de fenómenos extranormales o paranormales, no sean investigadores, sino personas con desconocimiento en temas científicos o dirigidas hacie el pernicioso oportunismo para embaucar a la gente con propósitos de lucro.
Las ciencias estarían de más, todo fallaría en el mundo, la tecnología humana aplicada sería imposible así como la que permite que yo escriba estas líneas y ustedes las lean.

Ventus

El empleo es sueño. Crónica de un fracaso anunciado 1


Me levantó agobiado de la cama. Por alguna extraña razón, en esas extrañas mañanas tapatías y mexicanas en general, donde el trinar de los pájaros no es tan inspirador como lo es para un asceta, un místico o un primermundista, creo que ese día, será el día. El día en que el "Mexican Dream" deje de ser simplemente una alucinación: voy a conseguir trabajo.
He comprado desde hace varias semanas, con el escaso dinero que pueden donarme, uno que otro diario tapatío en busca de alguna oferta de empleo, pero no cualquier oferta, la mejor, la única, la que he esperado tener desde que me di cuenta que el pan, la carne y el agua no llegaban a mi mesa por generación espontánea.
Reviso el primer diario y el segundo y hasta un tercero, a veces. Nada. ¿Dónde están las ofertas de "gerente regional, sin experiencia, contratamos de inmediato, único requisito: saber contar hasta el número un millón"? ¿O las ofertas de "Prestigada editorial internacional solicita escritor creativo para que cree el siguiente Best-seller del año, requisitos: saber escribir"?
Para la mayoría de nosotros, hay tres opciones en Guadalajara: estudiar una carrera, trabajar o hacer ambas. Pero aquí empieza el problema en México, si trabajo es porque necesito el dinero de inmediato, pero jamás podré "crecer" en una empresa, sin estudios; si estudio y trabajo, no haría ninguna de las dos cosas, ni conseguir el dinero suficiente para vivir por mi cuenta (recordamos que no tenemos aún el dichoso "título") ni tendría suficiente tiempo para destacar en mi carrera; y si sólo estudio, no sólo no tendría dinero, sino que además pienso (ilusamente en la mayoría de los casos) que "cuando tenga el título" todos morirán por contratarme. Pero, ¿qué pasa si estudio humanidades? ¿Qué pasa si soy uno de esos "junkies" de la UdeG o si soy un simple soñador y me la paso creyendo las palabras de Calderón de la Barca?
De pronto, en el diario aparece una luz, pienso en el Santo Grial o en El Dorado: una oferta sensacional: "Trabaja las horas que puedas a la semana supervisando a tus "socios" y percibiendo la mayor cantidad de dinero que es posible ganar trabajando una hora diaria". Son esos momentos gloriosos en los que veo la mano del Señor, pero lo que no veo es que su mano me está obnubilando el juicio; bien dicen que el Hombre no aprende con discursos ni acciones, sino sólo cuando la vida le pone un "madrazo".
Me dirijo hacia un edificio viejo, uno de tantos hermosos edificios derruidos e ignorados por las autoridades, en el que quizás se reunían los caudillos independentistas de la Nueva Galicia, o quizás tenían sus tertulias literarias Ignacio M. Altamirano, Guillermo Prieto o el "Nigromante". El edificio tiene una entrada semi-secreta y por un momento siento un aire de ilegalidad o de ilicitud en lo que hago pero, ¿qué es lo que hago? Estoy buscando empleo y eso no sólo no es ilegal, sino que es necesario.
Llego a un salón enorme conducido por una horrenda edecán y me doy cuenta de que no soy el único al que le atrajo semejante oferta: somos alrededor de 300 personas en un salón donde quizá mejor cabrían 200. Todos esperamos impacientes, la llegada del mensajero, el correveydile de los dioses del empleo, que llegue y nos diga: "Están todos contratados", o por lo menos yo. El caso es que llega alguien, sí, y comienza una perorata acalorada de quizás dos horas, una tortura inmensa: escucho palabras tan imaginarias o inverosímiles como "éxito", "mañana", "fortuna", "una hora" y "sólo unos perfumes".
Debo vender unos perfumes, como "acto de buena fe" (no son palabras mías), para mostrar mi compromiso con aquella empresa multimillonaria que se aloja en el legendario edificio de la Historia, desconocida y extravagante. Salgo a la calle, al igual que otras 299 almas en pena, y resuenan como un eco eliotiano aquellas últimas palabras: "Mañana mismo, después de vender sus perfumitos, forman parte de una empresa sólida, exitosa y duradera". Fue como escuchar aquél "vayan por todo el mundo y difundan la Buena Nueva".

Imagen Vía El País

Nosotros y el arte

Con gusto regreso a la República (una especie de Ítaca que nunca estuve buscando) y agradezco a Publius N. Nasonis la invitación. Quiero recordar una lectura que hice hace un par de semanas en El País: un artículo de Antonio Muñoz Molina sobre las Inmensas minorías.
La primera frase, como buen narrador, es contundente y especialmente singular para los fines de estas notas:
"El público es el espejo en el que se mira la obra de arte: sabemos más sobre ella observando a las personas que se detienen a mirarla, las que abren un cierto libro o escuchan una música o caminan intrigadas y atentas en torno a una escultura".
Curiosamente, leí esta frase unos días antes de asistir a una exposición de pintura y "escultura" realizadas por mujeres indígenas (el entrecomillado no es despectivo, simplemente ignoro si las artistas lo llaman así). Mientras paseaba por una sala del Ex-convento del Carmen no pude evitar sentirme parte de un ritual: una especie de rito oscuro y oculto que una "minoría" tapatía comparte.
Yo giraba en torno de diosas, heroínas y vientres y no podía evitar sentirme en una especie de espectáculo donde unas cien personas convergíamos y divergíamos a la vez. Éramos un todo en intención y partes, fragmentos, retazos de los cuadros y fotografías que veíamos. Mientras contemplaba la fotografía de una mujer desnuda sobre la grama, podía darme cuenta de la belleza de la imagen no sólo en esas cuatro "paredes" que la enclaustraban, sino también en la mirada y reacciones de cada uno de mis confidentes. Asistíamos al espectáculo de las artes y al espectáculo del hombre ante y reflejado en ellas.
Muñoz Molina vincula la experiencia "estética" (no me gusta el término) en la obra y en el espectador, como quien observa en su mujer el amor que le profesa y que sólo nosotros, externos a ella, podemos notar (esto me sonó muy bajtiniano y/o marcoaureliano después de escrito). Dice Muñoz Molina en Beltenebros:
"Fui otro, un catálogo de desconocidos cuyas fotografías había ido quemando o perdiendo como se deshace un asesino de su pasado culpable, como un traidor abjura de su lealtad y su memoria"
Somos otros, en todo momento; el "yo" es la ilusión que vemos en el "tú", cada vez que caminamos por las galerías o por los Campos de Castilla, la Mancha, Úbeda o Macondo contemplamos no sólo a un personaje en busca de ser definido o conocido, sino a un personaje familiar, miembro activo de la inmensa minoría de los mitófagos, desconocido hasta ese momento para nosotros, y que da la vuelta a cada página del libro para seguir con su historia.

¡Dame dinero, Emilio!


Ya que andas de dadivoso te mando la señal -divina- que pedías. Dame dinero, sí, danos dinero... pero de tu bolsa, grandísimo inepto, no del Erario Público.

**Actualización (24/abril/2008): ya respondió a la ciudadanía: "Chinguen a su madre" según todos los diarios locales, aqui la nota
¡Ahh! qué tiempos aquellos del gobernador Agustín Yáñez y Al filo del agua, su epitafio con letras doradas. HOY en Jalisco tenemos a un güero de rancho, vulgar y con acento alteño semi-fresa, que ha hecho popular su obra Bajo el agua donde hace gala de su lenguaje... florido; su epitafio con letras de aguamiel seguramente dirá "Chingue a su madre... el que llegue al último".
¿Por qué se murió el cocodrilo? Escucho propuestas.

Estudiar humanidades

Estoy seguro que tengo principios, ilusiones, hábitos y referentes - tanto pragmáicos como ideológicos - diferentes a estudiantes de ciencias duras o económico-administrativas.
Estudio una carrera de humanidades... en el mismo campus donde se cursan las licenciaturas en Geografía, Historia, Letras, Sociología, Filosofía, Lenguas Modernas, Derecho, entre otras; de por sí la fama de las carreras de Humanidades no es la mejor por los montones de dinero que se puede ganar gracias a ellas, a menudo los alumnos nos esforzamos tanto y tanto por ratificar esa fama guardando silencio cuando se nos pregunta "¿para qué estudias X o Y? ¿Y ahi cómo vas a ganar dinero?" o en el mejor de los casos se lanza verborrea inútil a diestra y siniestra.
No es de extrañar que el tema de los estudiantes de Humanidades sea tan solicitado en estas fechas por el asunto de la UNAM en las FARC.
Un columnista del diario MILENIO (Carlos Mota) publicó un artículo que puso en evidencia dos cosas: que existe un problema "en la intención profesional con la que egresan varios jóvenes de esas facultades [las de Filosofía, Letras, Ciencias Políticas]" y que carece de una visión más amplia respecto a lo que puede beneficiar a un país sin hablar tanto de sus referencias empresariales como Unilever, Nokia, Sony o Cemex y demás; o para darle la razón y decirlo en perfecto mexicano del ilustre Nastenká: No tiene puta idea de otra cosa que no sea su lupa positivista sobre el Mercado. Su comentario me pareció un detonante en cuanto al contenido aunque pobre de resolución.
Sin embargo, debo admitir que estoy totalmente de acuerdo con lo que comenta sobre el triste destino que depara a algunos estudiantes que se gradúan en revoluciones y no en evoluciones: "
Aquí [en México], sin embargo, los exportamos a los campamentos guerrilleros latinoamericanos. ¿Por qué es ese su destino?".
¿Esa nota periodística no debería nacer de un estudiante de humanidades, tan inocente como capacitado para responder a preguntas necias como "Y qué vas a ganar si estudias ESO"?.

¡Amada República!

Mis disculpas a la República, la verdad ya se me habia olvidado como postear algo,la vida ajetreada del mundo moderno nos decapita el tiempo. Kadosh, este es posiblemente el post menos interesante que haya jamás publicado (y vaya que he publicado pendejada y media), pero por algo tenia que "empezar" de nuevo, ¿no crees?. Saludos a todos los hermanos de la República Lux.

Contenido pretencioso

No se ustedes, pero en algún momento de mi infancia en aquellas pláticas durante los apagones de luz, en las reuniones familiares o en algún momento adecuado, surge como un pacto (y en silencio) con la atención por completa en ese momento la fascinación de las historias de miedo: los niños con su cara atentísima con la intención de no perder detalle; comienza la historia, la “experiencia” de mas de un participante casi “experto” en estas cuestiones inicia la narración, los míticos monstruos representando vivir en un nebuloso paraje entre el folclor y el sentimiento humano, personificándose tanto en los peores miedos del hombre como en sus mas grandes dudas.



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En la antigüedad se infundio el temor a los indígenas, para inhibir su arrebato en las ancestrales creencias que antecedieron a las de la conquista, ademas del intento de opacar las religiones “paganas”. Un ejemplo se da claramente en: Cholula, Puebla, en donde se construyo una iglesia sobre un monumento arqueológico:


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La visión artística y lúgubre de la vida que se encuentra en nuestras culturas donde se reclama la necesidad de un dios que nos ayude a perpetuarnos por nuestro temor y nuestra negación de ser perecederos, da alimento a los mitos y leyendas en donde para que ese dios capaz de ayudarnos lo pueda hacer, necesita un enemigo.

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Recientemente vi por TV AZTECA un programa llamado Extranormal en donde el “Investigador” Alberto Del Arco nos ofrece “investigaciones” Paranormales en lugares de Guadalajara, la propagación de temas de la misma naturaleza nos inunda en televisión:





Mi duda ¿Qué se pretende con la transmisión de ese tipo de contenidos?

Ventus

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