Crónica de un lector despreocupado

Hace un par de días, viajando en el transporte público, decidí adelantar lecturas atrasadas durante los 40 minutos diarios de travesía urbana, que usualmente malgastaba en mirar piernas y sus postrimerías. A plena lectura del buen Algirdas Julien no pude dejar de notar (la baba sobre mi libro lo atestigua) que un vecino navegante estaba acompañando mi lectura. Sin poner en juicio su capacidad (seguramente más alta que la mía), incliné disimuladamente el libro en dirección suya, invitándolo de manera sutil a la lectura y con la esperanza de que en algún momento me dijera lo que yo ya sospechaba sobre Algirdas: "Este güey es un pendejo".
No lo dijo. Pero en su atento mutismo dejó entrever un vivo interés en las ecuaciones y cuadrados de aquel libro que he terminado por admirar. Me quedé tramando un performance, que quizás nunca lleve a cabo: escribir unas breves líneas y pegarlas en un libro: "¿Qué me estás viendo?"; más de alguno habría de sorprenderse y/o golpearme, en fin.
¿Qué sucedió con aquel hombre cuando me bajé del camión? No sé, espero que haya encontrado otro vecino con quien seguir leyendo. Me tuvo bastante intrigado, para ser franco. Cada vez que cambiaba de página (yo), su cabeza repetía el ondular de las hojas; creo que eso debería ser la poesía en movimiento.
Discutiendo sobre la recién descubierta mortalidad del cangrejo, recordé tantos textos, estadísticas, informes e improperios varios que abundan en la red sobre el "analfabetismo funcional" en México, la falta de lectura y, no es tan sorprendente, el hecho de que, en palabras de Guillermo Sheridan, "en México la clase ilustrada es aún más bruta que la clase iletrada" (acá está el artículo completo).
Esto, fuera de los alarmados brutos de clase ilustrada, no parece afectar a nadie. Al fin y al cabo, ¿de qué sirve recordar el nombre del caballo o la espada del Cid Campeador o el origen del nombre (completamente mexicano) Masiosare o que Sócrates era un vagabundo y pasó a la historia por eso o los nombres de todas las mujeres de Enrique VIII? No de mucho, al parecer.
Otra anécdota: fui a comer a un restaurante la semana pasada. Lo primero que no pudimos dejar de notar al entrar fue una hoja con la leyenda: "Por favor pase a la caja a ordenar antes de sentarse". Tras seguir estas sencillas instrucciones, nos depositamos sobre las sillas a esperar la comida. Minutos más tarde, una elegantísima señora con sus tres sorgatones mantenidos (clase ilustrada típica del Rancho Grande de Guadalajara) empieza a quejarse del pésimo servicio; obviamente los meseros jamás llegaron a su mesa. Decide hacer el esfuerzo sobrehumano de levantarse de la mesa y cometer el deshonroso acto de pedir su comida junto a la chusma en la fila frente a la caja. Indignada, regresa a la mesa y empieza a aleccionar a los futuros presidentes de México (o, por lo menos, de Rancho Grande) así: "Cómo es posible que ni siquiera haya un letrero para avisar".
¿De qué sirve leer? De nada. Quizás leer le hubiera ahorrado un disgusto a Doña Náiz en el restaurante, lo cual hubiera ahorrado un disgusto al propietario y hubiera impedido estas líneas. Quizás leer a Monterroso o a Óscar de la Borbolla o a Quevedo pueda impedir el aburrimiento cotidiano y rescatar esa carcajada que muchos guardamos como si fuera oro. Quizás leer a García Márquez o a Fuentes o a Vargas Llosa nos recuerde por qué existen en el mundo libros buenos que no están firmados por ellos. Quizás leer a Machado o a García Lorca nos haga ver por qué se musicalizan sus poemas. Quizás leer...nos haga leer más, no por el simple acto mecánico de tener de qué hablar con tus amiguitos (o tal vez sí), sino por un puro afán de conocer, reír, masturbarse (también se puede hacer por medio de los libros), o por ninguna de las anteriores.
Yo no sé porqué leer. No pretendo convencer a nadie, pero algo deben de tener esos bultos de papel como para que se hayan prohibido en distintos momentos, en distintos lugares. Morbo, aventura, curiosidad en un viaje de microbús, ocio, no importa. Lo que sí sé, es que, en gran medida, los que leemos somos culpables del monopolio de lo bueno, lo malo, lo feo, lo bonito, lo artístico, lo no tanto, lo estúpido, lo inteligente, lo aceptable, lo ético, lo moral, blablablá.
Si a alguien le llegaran a interesar estadísticas sobre la lectura en México (reporte ya viejo), Gabriel Zaid tiene un cúmulo de datos por acá.

Imágenes Vía Zonalibre y La piedra de Sísifo

  1. gravatar

    # by Publio - 1 de noviembre de 2008, 01:36

    Definitivamente deberías haber empezado el texto con "Iba en mi motito...", pero te quedó bien. Por cierto, con toda la intención de presumir, acabo de adquirir dos libros de Zaid que seguramente te gustarán a tal punto de pedirmelos prestados. El pedo -como se ha hecho costumbre- no es leer tocándo los puntos que abordaste en tu comentario;el pedo, es que no hay tiempo suficiente para hacerlo. ¿Cuantos libros no te han tachado de ingrato o hijoeputa por tenerlos ahi, muy monos y apilados esperando ser leídos, celosos porque sí tienes tiempo para leer la parte trasera del cereal o la información nutrimental de los chicles Trident? Como diría el Doctor Raúl Páramo: el hecho de tener muchos libros no garantiza su lectura. De las minucias de México y su público lector y las ventajas que tiene abandonar un rato la Tele, dan cuenta los periódicos y los medios impresos, quienes no leen, pos ni se enteran, ni pecan de omisión.

VISITAS HASTA HOY